CON OJOS DE NIÑO

José Luis Guerra.
Sacerdote y profesor del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias.
Párroco de S. Francisco de Asís. Las Palmas. G.C.


La tarde del cinco de enero era larga. No es que tuviera más horas, ni que la espera fuera ociosa y, por lo mismo, interminable. No. Era una tarde ajetreada e intensa. Había que limpiar el camino de piedras para que los camellos no tropezaran y había que dejar preparada la ración de paja y millo junto al portal. En nuestra percepción del momento, todo
aquel esfuerzo podía sumar méritos a la hora de descargar los regalos y, quizá, los Reyes dejaran por fin aquella  añorada bici, nunca recibida.

No entendíamos mucho por qué los mayores se picaban el ojo cuando pedíamos asesoramiento o, entre ellos, comentaban con sonrisa burlona, la necesidad de ir pronto a la cama no fueran a sorprendernos los Magos en plena tarea. Vivíamos en medio de plataneras y la ausencia de luz eléctrica hacía que la noche se precipitara como un telón. No sabíamos de más mundos que el que abarcaba nuestros ojos y los habitantes de la tierra eran los compañeros de escuela y la gente que nos encontrábamos en la misa del domingo. Eran los años de postguerra, pero nosotros ni idea. Como niños nuestra vida discurría en un escenario de fantasía en el que, de tarde en tarde, irrumpía una pobre mujer que pedía, puerta por puerta,  para sus hijos. Mi madre la hacía sentar a la mesa a comer, recuerdo que tenía un plato y una cuchara reservada, y  nosotros, los chiquillos, le escuchábamos contar sus historias que, en nuestra imaginación, confundíamos  con  cuentos de madrastras y chupasangres. Era nuestro especial  Harry Potter.

Así y todo, nuestra ingenuidad era peligrosa. Le hacíamos preguntas y casi siempre eran una sarta de por qué. Aquella mujer sin nombre y atada a un pañuelo negro respondía siempre con  un “¡Ay, mis niños…!”. No entendíamos porqué a ella le pasaba aquello y a nosotros no. Por qué sus hijos no tenían juguetes y nosotros sí. Por qué ella tenía que mendigar un plato de comida y la gente que conocíamos a lo más que llegaban era a intercambiar algún plato: la vecina que había hecho ropa vieja le traía una ración a la otra vecina y ésta cuando hacía la matanza del cochino le daba morcillas y tocino. Pero aquella mujer lo desestabilizaba todo. Era en realidad la puerta que se entreabría y daba paso a un panorama que lenta, pero progresivamente, se fue llenando de una inmensa mayoría que lo pasaba francamente mal, entre ellos también nosotros.

Navidad sólo se entiende con ojos de niño. No por ingenuidad, sino porque sólo un niño es capaz de descubrir lo elemental y admirarse ante aquello que a los adultos nos parece lo más normal. Lo malo en esto, como en  otras tantas cosas, es que los niños crecen y entran automáticamente en la marea de lo previsible. Escuchar en boca de un niño la verdad dura y desnuda de lo que ven o escuchan es  siempre para los adultos el mejor espejo. Pero pasar de la fantasía  y de la  invención infantil a la historia, sin trampa ni cartón,  requiere todo un master. Hubiéramos querido agarrarnos a los sueños, pero, en un momento dado, algo en nosotros se rompió para siempre.

Entonces aquellos meses previos a los Reyes, no eran lo mismo. Cuando ya eras consciente de que todo era menos  brillante de lo que te hicieron creer y sabías que los Reyes no venían de Oriente, también comenzabas a entender que tampoco eran  tan injustos como para dejarte sin la bicicleta, a ti que habías aprobado todo con gran aplicación, mientras al vecino le cargaban con todo tipo de regalos. Sí, precisamente aquel vecino que siempre estaba por detrás en el boletín de notas y en el cuadro de honor. Te adentrabas en el ciclo de lo previsible y las preguntas seguían acumulándose con más urgencia. Pero aquellos no eran tiempos de preguntas y, mucho menos, de respuestas... ¡Los niños no preguntan!  Nos decían. Y ahí acababa todo, al menos, por el momento.
Muchos lo que hacíamos era disimular. Recuerdo aquellas conversaciones entre mujeres, donde la consigna era, “cuidado que hay ropa tendida”, y donde uno se hacía el inocentón y fingía desentenderse de lo que hablaban, pero con las orejas en vilo. Era la  forma de aprovechar el tirón de unos años indecisos  y acaparar  información. Entrar en la normalidad nunca fue fácil y el bautismo de transición casi siempre se realizaba en la banda de amigos donde nunca faltaban los entendidos y trajinados.

Hemos entrado en el año 2016. Y todo esto que recuerdo pasó ayer. ”Tempus fugit” y la vida  se hace un suspiro que se rebobina en cuestión de minutos. Hoy, perdida la inocencia, sentado frente al televisor, veo desfilar los primeros días del año con su carga maldita: muerte, violencia, sufrimiento…lo encarnan los de siempre, los débiles, los que no cuentan, los niños, los descartados. Son legión y, desde hace años, la historia parece una puerta giratoria, una noria infinita. ¿Seremos capaces de salir de ésta?

Muy lejos de aquí, en el norte de Nigeria, una chica, con rostro sereno,  pero casi sin cuerpo, vive dentro de una palangana verde sobre una silla de ruedas. Su hermano la empuja por la plaza polvorienta de su ciudad pidiendo limosna. En su cabeza un pañuelo rojo y en la boca una hilera de dientes blanquísimos y proporcionados sostienen una sonrisa imposible. No sabemos cómo se llama, pero  viajó por la línea de la agencia Reuters la noche de año viejo hasta nuestras casas. Fue como un puñal clavado en nuestras pupilas y, en un segundo, todo pasó por delante: los fuegos artificiales, el champán recién descorchado, las uvas de la suerte, el turrón, la máquina registradora de las tiendas visitadas …pero también el miedo, los sueños de protagonismo, los heridos que van quedando en la cuneta, la incapacidad de tantos para entenderse... Y todo se nos atragantaba. No era para menos; sobre todo, cuando oímos a aquella adolescente balbucear con su voz diminuta: “Me siento afortunada, porque estoy viva”. Hay imágenes que pueden concentrar la miseria y la injusticia, escandalosamente. Pero también evidenciar ese último reducto que habita en el hombre y llamamos esperanza. Es el dios de las cosas esenciales, el dios que vive en la mirada del niño, capaz de mirar y ver lo que nadie ve.


A partir de ahora los días crecen y la luz se va alargando. ¿Por qué no aprovechar la oportunidad para ver lo que verdaderamente importa?