La Alegría del Amor, un documento para leer desde el amor a la alegría.

José Luis Guerra, profesor del Instituto Superior de Pastoral de la Diócesis.

Ya ha pasado más de un mes. El pasado 8 de abril salió a la luz pública la exhortación sobre la familia “Amoris laetitia” firmada por el Papa el 19 de marzo, fiesta litúrgica de San José. Fue un documento esperado, pero a estas alturas, parece que han pasado años.
Hoy la actualidad lo devora todo y una noticia de hace meses parece del pleistoceno. Es el anverso y reverso de una sociedad que vive en la aceleración permanente.

“Meter ruido, hay que meter ruido”, pedía Francisco a los jóvenes en su primer viaje a Brasil, pero hoy el ruido es, ante todo, mediático y éste no siempre lo provoca el que quiere, sino el que puede. El mismo Papa lo sabe y, por eso, muchos de sus viajes a lugares que no existen o terminan no existiendo a base de ignorarlos, tienen esta finalidad: rescatar los grandes temas de la indiferencia global. Las víctimas de la violencia, los refugiados, los que mueren solos y ateridos en el banco de un parque o en el pasillo del metro, apenas si son noticia.

El documento es largo. Quizá demasiado. Un Papa que afirma que el mundo no cambiará a base de documentos, se contradice firmando un texto de más de doscientas páginas. Pero siendo, ítalo-argentino, quizá no tenga otro remedio. Y lo agradecemos. No por la extensión, sino por la forma sencilla, creativa y por el estilo con el que se presenta algo, que siendo lo de siempre, suena a nuevo. Aunque no escasean los que ven la botella medio llena y lo califican como el parto de los montes o los que consideran el documento herético y rupturista con la enseñanza milenaria de la Iglesia. “Para llorar”, decía hace poco el obispo lefebvriano, en especial el capítulo 8. No es un documento magisterial” ha llegado a afirmar todo un cardenal de la Curia. Casi nada.

El Papa lo sabe y nos advierte: “Los debates que se dan en los medios de comunicación, en las publicaciones y aún entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión, hasta la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o extrayendo conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas” (n. 2).

El texto irremediablemente extenso por la variedad de temas y, sobre todo, por la necesidad de recoger la riqueza del camino sinodal – sínodo extraordinario de 2014 y sínodo ordinario de 2015 sobre la familia – no es un Catecismo, ni una antología de principios sobre el matrimonio cristiano al que recurrir para encontrar soluciones tarifadas. En él no se renuncia a nada de la doctrina tradicional, pero todo viene reinterpretado.Los nueve capítulos que lo estructuran no se deben leer frenéticamente, sino todo lo contrario, “piano” “piano”, administrando bien la respiración y saboreando a gusto lo que vamos leyendo (n. 7). Hay que leerlo todo, no es difícil y es necesario, para un buen discernimiento personal y pastoral.

El discurso de Francisco sigue el modelo narrativo omnipresente en la Sagrada Escritura y todo visto desde el paradigma de la “misericordia”. “Se trata – dice el Papa – de integrar a todos” (n. 297). Por eso toca todas las situaciones, superando el tradicional dualismo en el que, con frecuencia, encerramos la realidad: matrimonios, amores y vidas regulares e irregulares. Una realidad, ya de por sí fragmentada, rota, compleja, difícil de sistematizar, para la que no vale un único punto de vista del que todo se deriva y que lo explica todo.

Para Francisco no hay dudas sobre cuál debe ser la intención de la Iglesia al hablar sobre la familia:”Los cristianos, no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos  de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que debemos y podemos aportar. Es verdad que no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece” (n. 35).

La apuesta del Papa consiste en abrir un camino de discernimiento e invitar a la Iglesia a recorrerlo con la mirada fija, no en la norma, - “usada muchas veces como piedra que se arroja contra la vida de las personas – (n. 305), sino en el “amor misericordioso” (n. 302). De este itinerario, basado en la acogida y el diálogo, puede emerger formas nuevas de plantear con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales” (n. 2).
Como la encíclica “Laudato sii”, también la exhortación “Amoris laetitia”, concluye con una invitación a ponernos en marcha. La llamada se dirige a todos: a la Iglesia, a cada comunidad, a todas las familias y a cualquier creyente, al margen de la situación en que se encuentre. Es una invitación a confrontarse con la propia conciencia.

En este ejercicio progresivo nadie debe autoexcluirse, porque el camino histórico que estamos haciendo como familia siempre estará marcado por una tensión que nos supera y que, entre otras cosas, nos impide condenar a aquellos que viven en condiciones de gran fragilidad (n. 325). No hay familias perfectas. Por eso “nadie debe ser condenado para siempre, porque no es la lógica del Evangelio” (n 297). “A los pastores compete, pues, no sólo la promoción del matrimonio cristiano sino también el discernimiento pastoral de las situaciones de tantos que no viven esa realidad… (n. 293), tratando de buscar “en cada país o región, soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales” (n. 3). Una llamada a la sinodalidad.

La complejidad es uno de los signos de nuestro tiempo. Complejidad en todo: en la música, en el arte, en la filosofía, en la economía, en la política…en todo. También en la familia. La inmensa mayoría de nosotros, también los obispos, vive en sus aledaños domésticos situaciones familiares que nada tienen que ver con lo visto hasta ahora. No es cuestión de salir a bendecir cualquier situación a golpe de acetre ni a repartir sanciones a discreción. Se trata simplemente de releer despacio e interpretar a la luz del Evangelio lo que hay, la realidad de las familias, tal como es, y proponer con sencillez la belleza y la alegría del Amor desde el amor. Por si nos perdemos, que el GPS de Mat. 9,12-13 – un texto no exento de ironía – nos indique la dirección obligatoria: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos”.