Reflexión: "El Gatopardismo"

José L. Guerra. Párroco S. Francisco de Asís, en Las Palmas de G.C. y profesor del Instituto Superior de Teología de la Diócesis

El viernes celebramos la Epifanía del Señor, hoy su Bautismo y, junto a las Bodas de Caná, la Liturgia de la Iglesia unifica estos tres acontecimientos en el marco de la manifestación del Señor. En España y en otros países,  no resulta fácil captar  la fuerza de estas fiestas cristianas por la fantasía e ingenuidad que envuelven
estos días, especialmente la noche de Reyes, a lo que habría que añadir el ajetreo de las Rebajas y las devoluciones. Todas estas
fiestas, como la de Navidad, están unidas a la luz. Y la luz desvela, clarifica, pone en evidencia. Este niño recién nacido, no es un niño cualquiera. En su debilidad e insignificancia amanece nada menos que Dios, en ese muchacho nazareno que se acerca a bautizarse, una voz del cielo deja claro cuál es su ADN: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.

Hace muy pocos días, en una comida, algo muy común en Navidad, un amigo transmitiendo la opinión de otro, afirmaba que la teología, según esa persona, nunca había convertido a nadie. No lo tengo muy claro. A menudo identificamos la teología con lo inverificable, con lo intrincado y complejo. Y no siempre es así, ni mucho menos. Todo es teología para el creyente. Es la vida, la historia, las personas…es Dios, hasta en el silencio. Me temo que los que complicamos las cosas somos nosotros. No es fácil escuchar el silencio en medio del ruido, ni detectar la llamada en medio de la distracción. La jerga  con la que muchos envuelven sus búsquedas académicas y sus tesis esotéricas, nos superan y, por supuesto, nos dejan indiferentes
Por eso nos atrae el Papa Francisco. Es un hombre que pesca a manos llenas en el lenguaje común de la gente, que usa palabras y expresiones de todos los días para transmitirnos grandes verdades.

“Manifestar, revelar, poner en evidencia, encarnar”, son verbos extraños a nuestra sociedad. No porque no los usemos, sino porque cuando nos servimos de ellos,  se abre siempre una incógnita. ¿En realidad, qué significan? ¿Cómo hay que entenderlos?

El pasado mes de diciembre, en una de las Misas en Santa Marta y, más recientemente, en el discurso a la Curia Romana previo a la Navidad, el papa ha hablado del “Gatopardismo” del espíritu. Se refería, evidentemente, a la novela de Tomás de Lampedusa  y  todavía más, a la película de Luchino Visconti. Es la palabra que define en gran parte la enfermedad de nuestro mundo de hoy: Se cambia las formas para seguir en lo mismo, se afirma “sí” para luego hacer todo lo contrario. Es una forma de resistencia al cambio que siempre encuentra justificación, bien en nuestros miedos o intereses, bien acusando a los otros de nuestras contradicciones y de nuestro  “quietismo”.

Es una pandemia que nos amenaza a todos y  no es difícil encontrar ejemplos en el ámbito político y social: promesas incumplidas, programas que son pura letra, sueños y proyectos que son simple cebo de campaña electoral. Pero, también en el campo eclesial: planes, directorios, documentos que, en muchos casos, sólo consiguen cambiar la envoltura, el lenguaje. ¿Y qué decir del marco personal?

Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales, ovejas…continuaremos creyéndonos la sal de la tierra, afirma el príncipe de Salina en la novela de Giuseppe Tomasi.

Es lo peor que pueda pasarnos. Porque el  pecado más grave es la complacencia, encerrarnos en la permanente auto-referencia, mirarnos continuamente el ombligo y, encima, creernos benefactores. La vida deja de ser epifanía de la fe o de lo que somos y nos instalamos definitivamente en el inmovilismo, aunque “cambiemos todo para que nada cambie”. Es el divorcio entre ser y parecer, entre espíritu y  letra… Píndaro, a su modo, lo denunció en su momento y lo propuso como única asignatura: “llega a ser lo que eres”.

Poner en armonía nuestros gestos y acciones con lo que anunciamos; desvelar y ensamblar enseñanza y testimonio, programación y vida, ser y parecer, verdad objetiva y verdad sentida, es y será siempre una tarea pendiente. Las palabras ya casi son mudas, por mucho que subamos el volumen, porque nuestras obras no las traducen o, simplemente, sólo damos crédito a aquellas que están cerca de nuestras vísceras. Seremos chacalitos, hienas y gatopardos…y, a pesar de ello, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra.

¿Tendrá todo ello algo que ver con la “postverdad”, esa palabra entronizada el pasado año en el saber enciclopédico, que el diccionario de Oxford define como “circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”?.